No cabe la más mínima duda de que la mayoría de países han decidido mirar a otro lado ante las vulneraciones de Derechos Humanos que se cometen en China, y asistir a los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 como si no pasara nada, por el simple y vergonzoso hecho de que negarse a hacerlo implicaría un castigo económico por parte de China, y sus 1300 millones de potenciales consumidores. He encontrado este ilustrativo artículo de Edward Friedman al respecto, y verdaderamente lo considero una fiel descripción de la realidad:
“En vísperas de los Juegos Olímpicos de Beijing, muchos activistas y observadores de derechos humanos siguen esperando que el apoyo del Partido Comunista de China a regímenes odiosos, como, por ejemplo, los de Birmania y del Sudán, y su opresión de los budistas tibetanos, los musulmanes uigures y los espiritistas de Falun Gong induzcan a los jefes de Estado democráticos a boicotear los Juegos o a los atletas y los espectadores a manifestarse en nombre de las víctimas. Lo dudo. Es probable que las únicas manifestaciones sean las de celebración del gran número de medallas de oro obtenidas por China.
Nadie debe subestimar la voluntad y las capacidades de China, en particular cuando centra su mente colectiva en un objetivo. China es una superpotencia naciente que ha amasado las mayores reservas de divisas extranjeras del mundo. Ningún gobierno importante se arriesgará a arrostrar represalias insultando al régimen chino con un boicot o una protesta pública. De hecho, Francia ya ha enviado representantes a Beijing para disculparse por apoyar al Dalai Lama y por las protestas que hubo durante el relevo de la antorcha olímpica en París.
De Seúl a San Francisco, pasando por Sidney, los ciudadanos de las democracias se sintieron irritados al ver que visitantes chinos intimidaban para que guardaran silencio a tibetanos indefensos que pedían derechos mínimos en nombre de sus hermanos en la autoritaria China, pero la realidad es que el régimen chino ha neutralizado en gran medida el movimiento internacional en pro de los derechos humanos. A raíz del terremoto de Sichuan, las críticas a China resultarán aún más atenuadas.
En 1997, Dinamarca, nación cuya población ha demostrado su compromiso con los derechos humanos, pidió a
Sin embargo, los Estados Unidos persistieron y China convenció a sus aliados para que votaran a favor de la expulsión de ese país de
Aunque China pregona que concede su ayuda e inversión en África sin exigir nada a cambio, los gobiernos que las aceptan corresponden a China con recursos naturales y capital político. Anulan las relaciones oficiales con Taiwán. Votan para proteger a China de las investigaciones sobre los derechos humanos. Acceden a no defender al Dalai Lama, al budismo tibetano y a las víctimas tibetanas en China. Muchas naciones africanas envían un gran porcentaje de su PIB a China todos los años.
Los europeos consideran que el dinero chino en África está socavando las medidas internacionales para fomentar la gestión idónea de los asuntos públicos y les preocupa que se utilicen los fondos chinos para apuntalar a regímenes autoritarios y corruptos. Desde luego, China tiene mucha liquidez, formula sus peticiones con claridad y hace pocas preguntas y la combinación de esas políticas con su peso económico le ha granjeado seguidores.
Pero algunas voces audaces se han hecho oír. El premio Nobel de Sudáfrica, el obispo Desmond Tutu, ha hablado con toda claridad en pro de los derechos tibetanos y recientemente sindicalistas sudafricanos se negaron a desembarcar armas chinas destinadas al régimen de Robert Mugabe en Zimbabwe. El Gobierno de Corea del Sur expresó su desagrado por el modo como visitantes chinos atacaron a manifestantes pacíficos en pro de los derechos humanos cuando la antorcha olímpica pasó por ese país.
Naturalmente, a raíz de la protesta mundial, China ha cedido un poco en relación con el Tíbet y funcionarios chinos se han reunido con representantes del Dalai Lama, pero, como ocurrió con los manifestantes tibetanos en marzo de este año, quien en los Juegos Olímpicos intente llamar la atención sobre la ejecutoria del régimen en materia de derechos humanos recibirá una respuesta rotunda. El gobierno ha reforzado su sistema de seguridad y ha instalado un sistema ubicuo de cámaras de vigilancia. Se están denegando los visados a todos cuantos han actuado en nombre de los derechos humanos, con el consiguiente resultado no deseado de perjudicar el comercio internacional en China.
Pero la prioridad de China no es solo la de perpetuar el crecimiento económico, sino la de fomentar el crecimiento sin dejar de proteger su monopolio del poder. El régimen está decidido a demostrar al mundo que China, que vuelve a ser una potencia mundial, puede hacer una escenificación espectacular y que se oiga su voz.
De modo que el mensaje de los Juegos Olímpico es el de que el sistema político de China no sólo gestiona diestramente los asuntos internacionales, sino que, además, se debe considerar la “vía china” superior incluso a los sistemas democráticos. Las implacables medidas adoptadas por el PC chino propiciarán sin duda un crecimiento económico continuo, garantizarán la estabilidad política y le granjearán un importante apoyo a escala mundial.
Pero el régimen ha pasado por alto un detalle decisivo en su incesante marcha hacia unos Juegos Olímpicos “logrados”. En realidad, interesa a China llegar a un acuerdo con el Dalai Lama y empezar a cerrar la brecha entre los chinos han y los tibetanos. Con ello no sólo contribuiría a desactivar la disensión en el Tíbet, sino que, además, daría un lustre auténtico a su posición mundial de China y una señal de la adopción madura de decisiones que caracteríza a una verdadera “gran potencia”.








